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Callejera, reseña del mes:
Por:Ricardo Díaz
Hace unos días llevé a unos amigos del D.F. al zócalo con el propósito de mostrarles el por qué me quedé a vivir aquí y no allá. Empezamos la plática con unas cervezas y al cabo de un tiempo ordenamos las tortas de tasajo y unas tostadas de quesillo. Yo sentía que lograba mi propósito de justificar mi pasión por la ciudad, pero cuando al final nos pasaron la cuenta era cerca de dos mil pesos. Ya para entonces no pude evitar el mal sabor de boca. Y es que considerando que éramos seis personas, me quedé pensando si Oaxaca se estaba volviendo muy caro o si yo no estaba ganando lo suficiente. Para la siguiente noche pensé, los llevo a Temple.
Cada que voy a este restaurante no deja de sorprenderme la amabilidad con que me reciben. Porque siendo honestos, en Oaxaca el servicio deja mucho que desear, por lo que una simple sonrisa de bienvenida adquiere un gran valor. Nos atendió Liliana, quien una vez que nos indicó la mesa que había reservado, procedió a informarnos que el “vino del día”, o en este caso de la noche, era un Shiraz australiano.
En lo que llegaban Mercedes y Guillermo que se quedaron comprando alebrijes, los que ya estábamos sentados ordenamos unas tapas para la espera. (Yo ordené un delicioso Salpicón de Mariscos). Una vez que se nos unieron los demás ordenamos un vino nacional que estaba en promoción y, dejándonos guiar por las recomendaciones de Liliana, yo ordené los Tagliatelle con Camarones a la Plancha (especialidad de la casa), que resultaron excelentes acompañantes del vino.
A Temple hay que dedicarle tiempo, ir sin prisas y con ganas de platicar con los amigos. Y es que el lugar se presta, la música te invita a olvidarte por un momento que estás en Oaxaca. El menú es muy original, excelentes entradas y ensaladas únicas. En general, sobre la cocina debo decir a favor de Antonio Cuellar, el chef del lugar, que Temple es uno de los lugares donde mejor se cena en Oaxaca. |
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Al cabo de dos horas de buen comer, finalmente nos trajeron la cuenta y como buen anfitrión oaxaqueño se me salió el clásico “yo invito”. Para mi alegría la cuenta apenas llegaba a los mil quinientos pesos (increíblemente más barato que en el zócalo), por lo que después de todo, parece que no me pagan tan mal. Me lucí con mis cuates chilangos, que ya al final con unos mezcales, comprendieron el porqué me quedé en Oaxaca.
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